A Japón con amor

La periodista Malena Higashi junto a su abuela materna (izq.) y abuelos paternosLa periodista Malena Higashi junto a su abuela materna (izq.) y abuelos paternos. Cortesía de Malena Higashi

Japón siempre me pareció impenetrable, como si para acceder a él tuviera que conseguir una llave maestra que no sabría ni por dónde buscar. Cuando me enteré de que la periodista Malena Higashi viajó a ese país en una pequeña epopeya de conexión con sus raíces, tuve mucha curiosidad por escuchar su relato. Esto es algo de lo que pasó en su recorrido, que con gran bondad compartió un anochecer de cafés fríos y luces de cobre.

Malena está reactivando Ekekochi, un blog en el que busca explorar temas que cruzan Japón y Argentina. Para seguir.

Relato: Malena Higashi / Entrevista: Paula Alvarado

Las abuelas

Mis dos abuelas se conocieron en el barco en el que llegaron a Buenos Aires, después de la guerra. Fueron 80 días de viaje.

En ese momento la comunidad japonesa en la ciudad era chica y bastante unida, pero mi padre y mi madre se conocieron mucho tiempo más tarde, por amigos en común.

De chica pasaba mucho tiempo con ellas. Mi abuela paterna nació en la prefectura de Wakayama, en un pueblo llamado Nachikatsuura. Está rodeado de mar, y es un pueblo pesquero con cultivos de arroz. En Buenos Aires tenía una casa en la calle Lugones, y en el patio había un árbol de sakura (cerezo japonés). Mi abuelo tenía una tintorería llamada Nueva Nippon. Ella falleció hace un tiempo.

La periodista Malena Higashi junto a su abuela materna (izq.) y abuelos paternos

La periodista Malena Higashi junto a su abuela materna (izq.) y abuelos paternos. Cortesía Malena Higashi

Mi abuela materna es Sensei de ceremonia de té y da clases desde que tengo uso de razón. Hay varias escuelas de té en Japón, la suya se llama Urasenke.

Dicen que la ceremonia de té es la culminación de todas las artes japonesas, porque hay que saber vestir el kimono, saber hacer el arreglo floral (el ikebana, que en la ceremonia de té se llama chabana), hacer caligrafía, entre otras cosas.

Mi abuela me cuidaba cuando yo era chica, entonces participaba de las clases. El té que se toma en la ceremonia es en polvo. Es una especie de harina, de sabor amargo y un color verde muy particular. Antes de tomar el té siempre se come un dulce, nunca en simultáneo, pero cuando era chica comía las dos cosas juntas porque me resultaba muy amargo el sabor del té.

En Japón las tradiciones se heredan generacionalmente. El maestro siempre tiene a sus hijos aprendiendo con él, sucede también con los artesanos y con otras tradiciones. Pero yo sentía que nadie la acompañaba a mi abuela con ese tema, y así me sumé a sus clases.

De chica lo veía como un juego, estuve mucho tiempo haciéndolo sin entender bien de qué se trataba, sin conectar con eso. Las clases eran una actividad más dentro de todo lo que hacía. Pero hace un año y medio sentí un click en la cabeza y empecé a conectar más, a entenderlas y a disfrutarlas.

En japonés, el nombre ‘chado’, la ceremonia del té, en realidad quiere decir ‘camino del té’. Mucha gente le pregunta a mi abuela “¿Cuánto tiempo se estudia la ceremonia del té?” y ella contesta que es una práctica para la vida, no es algo que empieza y que termina, o por lo que te dan un diploma.

Me di cuenta de que la ceremonia del té tiene muchos valores que comparto. El tema de la limpieza, el respeto, la armonía, la tranquilidad. Uno está al servicio del otro cuando hace el té y atiende a sus invitados, es un lindo momento. No hay nada librado al azar, pero se toma como un momento único e irrepetible: ese momento nunca va a ser el mismo. Me parece lindo pensar eso alrededor de la relación con ella.

El viaje

Mi abuela tiene una tía, primos y amigas en Japón, y se mantiene en contacto con ellos por teléfono y por carta. Ella viajaba a Japón cada tanto, y hace dos años mi mamá fue por primera vez. Volvió impresionada porque la abuela nunca había ido a Okinawa o a otros puntos conocidos del país, cada vez que volvía iba a visitar a su familia o a Urasenke. Este año mi tía planificó un viaje con ella, y a último momento me sumé.

Llegamos a Kioto, una de las ciudades más turísticas de Japón. A simple vista tiene construcciones bajas, otro ritmo en comparación con Tokio. Está plagada de templos, cada uno con su significado, su deidad y su magia. Me imaginaba cómo era el paisaje cuando no había calles y la gente podía caminar por el pasto de un templo al otro, y sentía una energía espiritual, algo muy ligado a la meditación y a la tranquilidad.

Las siguientes semanas recorrimos los pueblos de mi familia paterna y de mi familia materna, Osaka y una ciudad entre montañas llamada Takayama.

En el pueblo de mis abuelos paternos, mientras visitábamos un templo mi abuela dijo la palabra Karasu (cuervo en japonés). Allá es muy importante la presencia de los cuervos. El cuervo suele ser símbolo de mal agüero, pero en ese pueblo es el mensajero. Es un cuervo que tiene tres patas (yatagarasu). Cuando escuché la palabra recordé que cuando era chica cantaba una canción sobre el cuervo. Es una canción un poco triste, melancólica, que de repente empezó a sonar en mi cabeza. Me encontré ahí, en el pueblo de mis abuelos, con una palabra que me llevó a una canción, que a su vez disparó mil recuerdos.

Fuimos a la casa del primo de mi papá. Yo no lo conocía, pero era muy parecido él, que falleció hace casi tres años. Cuando llegué había dos fotos sobre la mesa: una de un bebé y otra de un nene. Eran fotos de mi papá, que él había guardado y había preparado para mi llegada. También tenía guardadas fotos del casamiento de mis abuelos. Atravesé el océano, viajé un montón de horas, y cuando llegué al otro lado del mundo alguien me estaba esperando con todo eso.

La última parada antes de Tokio fue el pueblo de mi abuela, a donde ni siquiera llega el tren. Se llega hasta la prefectura de Kagoshima en tren, después tenés que tomar un colectivo hasta la estación de Kaseda y de ahí un taxi o un auto particular.

Para darle coordenadas al taxista mi abuela dijo “queda a tres cuadras del cementerio”. Ella me contaba que antes podías decir “voy a la casa de tal persona” y el chofer sabía, aunque ahora son más jóvenes y no conocen tanto.

Este pueblo se llama Aihoshi. Ai significa amor y hoshi significa estrella, y yo me inventé que el pueblo se llamaba ‘estrella de amor’. Pero la traducciones dependen de qué ideogramas tiene una palabra, y cuando le pregunté a mi abuela me dijo que hoshi sí es de estrella, pero ai no es de amor. Ai es difícil de traducir, pero tiene que ver con la idea de ‘estar juntos’. Me resultó muy poética la idea de estar ahí con ella, visitando su pueblo. Unas semanas más tarde mi madre me recordó algo que había olvidado: el apellido de soltera de mi bisabuela era también Aihoshi.

Ahí estuvimos con su primo y la esposa. Con ella pegué muy buena relación porque no tiene hijas mujeres, entonces quería regalarme vestidos y compartir tiempo conmigo. Tenía una voz muy dulce y se me presentó como una persona muy maternal, muy cuidadosa y amorosa. Se llama Noriko.

Yo sabía que en la zona había un tipo de cerámica que se llama Satsuma, así que cuando me preguntó qué quería hacer planificamos visitar Miyama, un pueblo con pequeños ateliers de ceramistas. Ella me reservó una clase en la que te enseñan a usar el torno. Yo había hecho torno hace mucho tiempo, empecé porque me gustaba la cerámica de la ceremonia del té, y después de diez años volví a hacerlo con arcilla japonesa, que para mi era un sueño.

También me llevaron a un pequeño café en el medio del bosque, en el que criaban gusanos de seda y te enseñaban a sacar hilo de seda de la cáscara donde sale la larva, para hacer un pequeño telar. En Japón uno ve de dónde vienen las cosas.

Mi abuela me había contado una vez que cuando era chica, en la casa de su tía criaban gusanos de seda, hilaban y la llevaban a un lugar donde hacían kimonos, y que ella todavía tenía uno. En ese momento yo registré la anécdota, pero no se me ocurrió pedirle que me lo mostrara. Cuando estábamos en este lugar, mientras yo hacía el telar supervisada por ella, me acordé de esa anécdota y empecé a sentir que ese hilo de seda era como los vínculos familiares. Es finito, casi transparente, pero muy fuerte.

Los primeros días en Tokio fueron impactantes, porque venía con mucha tranquilidad y Tokio es otro mundo. Venía del campo, de un Japón totalmente idealizado, muy película de Miyazaki, totoresco. De un bosque encantado pasé a la ciudad. Pero hablando con un amigo me di cuenta de que Buenos Aires es más violenta en muchos aspectos, con el ruido por ejemplo. Tokio tiene más movimiento que el resto de los lugares que visité, pero en algunos momentos seguía teniendo esa calma y silencio.

Japón es tan distinto, que a nivel visual todo llama la atención, hasta el verde del pasto. Por eso no puedo elegir una imagen que sea más pregnante que otra. Pero sí tengo recuerdos sonoros.

La infancia está muy ligada a las canciones infantiles y hay una memoria emotiva muy fuerte de un sonido. Cuando visitamos los colegios de mi abuela paterna y de mi abuela materna, escuchaba a los chicos cantar y me daba mucha emoción. Otros sonidos que me quedaron grabados: las cigarras como una música de fondo del verano, el graznido de los cuervos, y el ruido musical que hacían los árboles cuando de repente soplaba un viento muy fuerte.

Es un país donde podés afilar muy bien los sentidos más allá de la vista. En el subte, por ejemplo, está prohibido hablar por celular, y los que hablan entre ellos hablan bajito. El silencio resultaba una experiencia sonora, experimentar silencio en una ciudad era impresionante.

Pequeño diccionario de términos japoneses

Palabra Significado
Shibui (adj) 4. Poco vistoso. De apariencia discreta y tranquila. De matiz profundo y sereno. De una belleza discreta.
Shibumi (n) 2. Se dice de una estética refinada y profunda. Atmósfera discreta y distinguida. Se utiliza para designar la apariencia de los individuos, los colores, los motivos, la literatura y el arte.
Hataraki La capacidad de adaptarse creativa y espontáneamente a cualquier circunstancia que pueda surgir.
Ekiben El bentó del tren que venden en las estaciones.
Kiri La bruma que hay entre las montañas.
Kashiwade Rito de costumbre budista de aplaudir dos veces al visitar una estatua del Buda o la tumba de los propios ancestros en un templo.
Awaseru Juntar las manos para rezar.

Durante el viaje mi abuela fue una especie de traductora, tanto de conversaciones como de conceptos. Ella me traducía Japón.

Noté que la casa de su tía era muy parecida a la de mi abuela paterna. Cierta tendencia a acumular cosas, el exceso de calendarios en las paredes. Entendí que muchas de las flores que había en el patio de mi abuela, que ella cuidaba con mucho amor y que mi abuelo regaba todas las tardes religiosamente, eran flores de Japón. De esa manera ella llevó un pedazo de Japón a su jardín. Y mi otra abuela lo hizo con la ceremonia del té.

Suelo comer mucho arroz, preparado con la arrocera japonesa (suihanki), y cuando me voy de viaje siempre extraño esa comida tan simple. Muchas veces uno se siente extranjero cuando no habla el idioma, pero creo que la comida también juega en eso. En Japón comí todo el tiempo arroz, incluso en el desayuno.

Cuando volví noté que no lo había extrañado. Como si hubiera estado en casa.

6 Comments

  1. Al leer lo que nos relata Malena le veo a ella disfrutando de su infancia, de sus orígenes y de un marca en el cuerpo que pudo revivir.

    Agradezco tu relato porque me ayudó a mí para recrear mi infancia

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